domingo, 23 de junio de 2019

El futuro

¿Dónde estaremos dentro de cincuenta años? La pregunta es irrelevante si se la piensa desde uno mismo: adaptados o muertos. Otra cosa ocurre si se la piensa desde la humanidad entera.
Se sabe que el futuro de la humanidad depende de quién gane varias carreras contrarreloj que están planteadas desde que somos, y que consisten en la velocidad del desarrollo de nuestra capacidad tecnológica contra las distintas fuerzas de la naturaleza que atentan contra nuestra existencia. Y una de esas fuerzas somos nosotros mismos.
La actitud ante el futuro que se nos viene, entonces, puede ser de optimismo o de miedo.
En el siglo 19 probamos con el optimismo. El proceso culminó con dos claras muestras del degeneramiento de la competencia y el amor por lo propio que fueron las guerras mundiales, aquel defecto del orden más inhumano que fueron los totalitarismos, aquella enfermedad del optimismo más insano que fueron los igualitarismos. El cohete que imaginó Verne llegando a la Luna antes se había probado para bombardear ciudades, y luego para transportar ojivas nucleares. El submarino de Nemo fue usado para hundir barcos comerciales. El avión y helicóptero de los árabes y Leonardo, para búsqueda y destrucción. Las colonias que buscaban ser paraíso terrenal sirvieron de modelo para cárceles y campos de concetración. La ansiosa espera del Mesías encontró la llegada de Hitler y Stalin.
Hoy, cuando parece que repetimos la entrada al nuevo siglo casi como un reflejo, la actitud ante el futuro es de miedo. Hemos leído a Huxley y a Orwell. Vimos Terminator y Matrix. Aún viven las generaciones que temían al holocausto nuclear, y ahora tememos al terrorismo. La posmodernidad ha dejado su huella: sabemos de qué somos capaces. La historia habla por sí sola.
Existen indicios de que los avances por llegar serán de una relevancia tan grande, que solamente sería superada por el momento en que empezamos a distinguirnos de los animales. Se vienen el fin de la muerte, las memorias colectivas, la inteligencia artificial, el fin de la pobreza, la exploración y colonización del espacio remoto.
El miedo, como es lógico, es enorme. Indicios no faltan: hay quien piensa en formas ruines de controlar natalidad por futura falta de recursos. Hay quienes buscan una ventaja militar. Hay quienes buscan sacar ventaja para dominar a otros. Hay quienes desean vorazmente la información disponible para sacarle provecho.
Hemos pasado por mucho, pero aquí estamos: adaptados o muertos. La historia no miente al respecto: son muchas las sombras y muchas las luces.
Por eso, me limito a la curiosidad, y a trabajar por satisfacerla.

viernes, 9 de noviembre de 2018

El inmortal

Aristón era de aquellos soldados de Alejandro que tenían nietos que no conocían, de vuelta en su hogar, en Macedonia. Había soportado junto a sus compañeros lo peor de Gaugamela, había presenciado cómo Parmenión (uno de los más fieles generales de Alejandro) juraba y perjuraba al cielo, escupiéndole palabras que sopesaban la misma furia del enemigo persa que destruía, implacable, a sus buenos hombres. Había visto a los elefantes de Poros arrasar con todo en la selva. Había visto al mismísimo Alejandro trepar por una escalera para alcanzar al enemigo sogdiano, ante el horror de los otros soldados y sus generales, que no podían hacer nada para proteger al joven líder de su propia temeridad.
Todos ellos habían sentido congelarse la sangre y saltar el corazón cuando el joven rey fue atravesado por el proyectil enemigo; habían gritado el júbilo y llorado la amargura cuando este se recuperara, tras la larga lucha contra la muerte que ocurrió luego.
Aristón había visitado lugares que había soñado visitar, luego otros de los que apenas había oído hablar, luego otros que no se suponían que existieran, y luego más allá.
Un día, Aristón escuchó que el joven rey -tan joven, pero con tanta vida vivida- quería regresar a casa; luego se enteró que el joven rey murió.
Aristón se vio frente a la idea tan anhelada de recibir su paga atrasada, de volver a su hogar, de volver a su familia, de tener un poco de paz y tranquilidad. Fue allí cuando se dio cuenta de que la aventura y la gloria habían terminado: Aristón sintió como el ojo de la historia dejaba de posarse sobre él, para ir a otra parte. Sintió como su vida pasaba a ser historia, conforme recuperaba el control de ella. Sintió como una parte muy importante de lo que él era moría con el sueño de Alejandro. Decidió, entonces, aferrarse a su espada y a su lanza de seis metros, a su escudo y a su armadura y casco. Sirvió veintiocho años más al mando de Ptolomeo (otro de los generales de Alejandro), defendiendo al reino de Egipto. Un día, la lanza de un enemigo sirio le atravesó el pulmón y el corazón, pero extrañamente Aristón no murió.
Los médicos no pudieron explicarlo: ya no se oían o sentían los golpes del noble músculo en el pecho del soldado, ni hinchaba el vientre para que la vida entrara a su cuerpo, pero Aristón seguía vivo. Más pronto que tarde, Aristón descubrió que no necesitaba comer o beber, aunque el hambre y la sed no se fueran; ni dormir, aunque la fatiga arreciara.
Con el sentido práctico que caracteriza a médicos y militares, Aristón fue colocado en primera fila, listo para entrar en combate antes que nadie, en la próxima batalla. Lejos de dar a su bando una ventaja, Aristón provocó miedo entre propios y ajenos, y terminó despertando una mañana para darse cuenta de que sus compañeros se habían ido sin él. Nunca supo que habían pensado en matarlo.
La fama del soldado no-muerto se extendió por toda la región y más allá. Ya nadie quería tomarlo en sus filas, ni siquiera los reyes más prácticos: no era la herida amplia que ostentaba en el pecho lo que espantaba a los hombres, sino el peso que se llevaba quién mirara al vacío de su mirada.
Alguien le dijo que en la India encontraría respuestas; los espantados monjes de la India le dijeron que encontraría respuestas donde se ocultaba el sol. Aristón pensó en volver con su familia: un simple cálculo le indicó que el último de sus nietos conocidos probablemente ya hubiera muerto o sería muy anciano. Decidió que ya no miraría al sol y a la luna para medir su tiempo. Sus siestas duraron la vida entera de un caballo, sus comidas fueron goces de doce inviernos, sus pensamientos duraron lo que tarda en volverse a ver un mismo cometa. Cuando Aristón quiso volver a amar, descubrió que aquello siempre duraba lo mismo -nada- en un mundo donde el único inmortal era él: concibió el proyecto de encontrar -mujer, hombre, niño, anciano, animal, planta, Dios, daba igual- a alguien como él, para poder amarlo para siempre.
Las pistas de alguien como él lo conducían siempre al soldado no-muerto, hacia su propia historia. Decidió que debía viajar más lejos, más allá. Cruzó el océano, primero en barco, luego a nado y, cuando notó la inutilidad del apuro, caminando por su lecho. Los sabios atlantes le dijeron que nadie -allí ni en ningún lado- había superado la muerte, y amenazaron con destruirle si no se iba.
Cuando encontró nueva tierra, la gente lo adoró como a un dios, pero nadie le indicó por otro que fuera como él. Ejerció la divinidad, primero con empeño y luego por costumbre. Decidió volver a su casa. Antes, profetizó su retorno a quienes lo adoraban.
De vuelta en su mundo, los romanos lo emplearon como auxiliar; Aristón se cuidó de parecer un hombre común frente a sus nuevos compañeros soldados. Sirvió en Siria por algún tiempo, y cuando ya se estaba hartando de vivir una vida que ya no era -no podía ser- la suya, volvió sin darse cuenta al lugar de la batalla donde lo habían lanceado.
Miraba el suelo, cuando una voz de fuego lo llamó por su nombre, que había olvidado hacía tanto tiempo. La voz de fuego le hablaba como si lo conociera, como si entendiera. La voz de fuego era de un hombre con ojos de fuego, con manos de fuego; era todo fuego, un fuego que todo lo puede confortar o destruir.
“Yo soy la verdad y el camino. Ven a mí”, confortó la voz de fuego.
Aristón fue. Nadie más supo de él.

domingo, 13 de mayo de 2018

Fe




-¿Dónde estás?- preguntó Felicitas a alguien en quién había creído, cuando el pecho de su primer hijo dejó de moverse.
Los legionarios -aquellos demasiado salvajes para servir, destinados al sólo propósito de verdugos y torturadores- continuaron restallando látigos sobre los otros hijos de Felicitas. Uno de ellos, que ya era irreconocible para la madre por causa de las heridas, cerró sus ojos para no volver a abrirlos.
Alguien quiso apartar el cuerpo, pero los legionarios no lo permitieron.
-¿Dónde estás?- se burló uno de ellos, y lo hizo en una lengua que estaba condenada a morir junto con sus hablantes, por los crímenes cometidos en nombre de Roma.

-

Algunas horas después, fue el turno de Felicitas. También condenada a muerte junto a sus siete hijos y por causa de su fe, ya no preguntaba nada. Unos minutos antes de morir, se le apareció un ser. Alguno diría que un ángel, otros que la parca, o algún demonio.
-¿A quién buscas?
-Al Espíritu.

El ser le contestó de un modo que lastimosamente podría traducirse en palabras.

-¿Acaso lo has visto alguna vez a este Espíritu? Pero crees.
-Pero creo.

Felicitas fue asesinada.

-Ven con el Espíritu; eres el Espíritu.

sábado, 7 de abril de 2018

No todo pasa

Hace varios siglos vivió un señor de nombre Heráclito. Era de una ciudad llamada Éfeso, así que lo llamaban Heráclito de Éfeso. Pero no en Éfeso: ahí era Heráclito, a secas, lo cual por alguna razón suena bastante menos solemne.
Este señor pasó a la historia por algo que les voy a contar al final. Primero, las cosas que no pasaron a la historia: se burlaba del poeta nacional de su tiempo, lo cual lo convertía en uno de esos rebeldes típicos de cada época, es decir aquellos que creen ser totalmente atípicos para la época. También se expresaba de una forma muy confusa, razón que podemos atribuir a una inteligencia superior, necesidad de desagradar, llamar la atención o pobre uso de lenguaje (o todas ellas). Lo cierto es que era bastante antisocial y solo lo querían los chicos, con quienes se relacionaba casi exclusivamente. Se murió cuando quiso curar una enfermedad relativamente inofensiva con un remedio casero, que consistía sumergirse en estiércol.
Este hombre -ahora sí- pasó a la historia por decir que todo pasa, que todo cambia; esto es lo mismo que decir: nada absoluto existe. La metáfora que usaba para decirlo era que nadie se baña dos veces en el mismo río: el río cambia todo el tiempo, uno cambia todo el tiempo.
Pocos saben que este campeón del cambio, la relatividad de todo y, en consecuencia, el escepticismo y nihilismo, creía en algo que llamaba Logos, como opuesto a la Doxa. Doxa es la opinión del que asegura cosas basado en el cambio, en lo aparente. Logos es aquello que permanece detrás de todo cambio, lo único que es estable.
Sí, el campeón del cambio cree en algo que permanece. Esto es así porque era coherente con su pensamiento, y dejó que este lo lleve a sus necesarias consecuencias: un poquito loco y todo, Heráclito era valiente y honesto, al menos intelectualmente.
También esto es así porque el único filósofo realmente relativista, escéptico y nihilista es el filósofo que no habla, ni escribe, ni nada.
Y lo mismo aplica para vivir esta vida. Las cosas que uno hace significan algo. No saberlo, o no entenderlo del todo, no cambia ese hecho... el Logos lo entiende, el Logos lo sabe, porque este sentido es el Logos.

lunes, 2 de abril de 2018

Hospitalidad


Le dolían los pies, le dolían las rodillas. No sentía la espalda o la cintura, le pesaba la cabeza y el cuello estaba agarrotado. Había caminado desde un lugar al cual no quería volver; caminaba hacia un lugar que no conocía más allá de la intuición.

El pueblo, de tan pequeño, mostraba el límite opuesto parado en uno de ellos. Ese día, el sol se ocultaba de vez en cuando entre las nubes altas y el viento frío venía a salvar su nuca cuando el calor del escondido era insoportable.

Las manos, hinchadas. Los labios, lastimados. No encontró a nadie en el caminar sin ruido por la avenida única de aquel pueblo olvidado por Dios. La boca, reseca, de poco le hubiera servido.

Vio un banco de piedra al costado de una reja. No supo cual cosa era más ridícula en un pueblo que parecía deshabitado, pero no se molestó en pensarlo. Se sentó en el banco y sus pies comenzaron a sentir de nuevo algo que no fuera dolor.

Debía pensar en su destino o en la motivación de escapar del lugar que había abandonado, pero estaba demasiado cansado.

Tenía la mente cansada, embrutecida, embotada. No podía pensar, y apenas escuchó el sonido de una puerta que se abría a sus espaldas.

Era un viejo el que salía por ella, y al lado suyo una niña.

Del viejo se adivinaba la edad por las arrugas incontables de la cara, pero por nada más. Su mirada era impasiblemente joven, su sonrisa era abrumadoramente infantil y sus manos tenían con un pulso implacable un vaso con agua.

La niña era de una belleza imposible. Los ojos lastimaban de frío al verlos, los cabellos desordenados quemaban las pupilas, y ambas cosas obligaban a apartar la mirada. La mañana de invierno que llevaba en sus brazos, en su cara y en sus piernas era apenas matizada por manchas de sol, aquí y allá. La niña no sonreía, ni hacía nada más que no fuera existir.

El caminante supo del amor que unía a estos dos, de lo prohibido del vínculo, de las infinitas colas de látigo que esperaban a ambos, en la muerte después de la muerte que ganaban por ello.

El viejo le alcanzó el vaso con agua, y él lo aceptó. Lo bebió de un largo sorbo y se levantó.

Se fue del pueblo sin mirar atrás.

domingo, 1 de abril de 2018

El deber de un olvido

Fue a la madrugada de un día de lluvia en que no precipitó. Estaba en aquel momento tan particular -justo antes de caer en el sueño- en que somos más lúcidos que nunca, cuando que tamaña lucidez también nos impacta y define.

Una vez más y con parsimonia, imaginé tu ser y tu cambio de una forma tan total como fue posible para alguien que te pudiera haber conocido. A pesar de esto, no te reconocí.

Quise refugiarme en el abrazo negro de los recuerdos que nos unían, en el dulce dolor de pensar algo que ya no será más. Pero ya no te reconocía, y el recuerdo había perdido todo valor, toda razón de ser y gracia.

El rito de entrada en el negro recuerdo ya estaba vacío de vos, así que lo deseché con no sin reverencial pavor: ¿dónde iré ahora cuando me encuentre sin inquietud, sin sosiego y sin espanto; sin trabajo y sin ocio?

Con tu olvido, lamento, ya estoy obligado a la felicidad de vivir.

sábado, 31 de marzo de 2018

No seas resentido

La palabra tiene en su forma la única pista necesaria para saber qué quiere decir: re-sentir.
El resentido es una persona que revive algo que le pasó (sin necesidad de que este algo sea negativo, como sugiere el uso común de la palabra).
Esto lo revive con el corazón, aunque llegue a esta situación por culpa de un apagón de la conciencia. Estamos cansados, enojados, contentos, estresados, confundidos, vagos, entonces se nos apaga el cosito con el que decimos que nosotros somos nosotros, y la cabeza comienza a divagar. Primero recorre pensamientos, tal vez incluso los que estábamos pensando a propósito, con esfuerzo consciente; luego se desvía a otros relacionados con estos, incluso cuando la relación está media tirada de los pelos. Este proceso lo podemos ver en la gente con verborrea (diarrea de palabras): como dicen todo lo que piensan, lo notamos fácilmente. Pero luego ocurre el salto que va desde el pensamiento repensado hacia la emoción resentida Esto ocurre porque toda cosa que piensa trae alguna emoción apareada, y esto es así porque somos así, seres capaces de lógica pero también profundamente emocionales. Pensamos y sentimos. La emoción pertenece al pasado entonces la re-sentimos. Pero somos seres de acción, hechos para seguir objetivos hacer cosas, aunque esa cosa sea relajarse.
Es resentido alguien que no puede comer zanahorias en todo el día por oler un charco de vómito por cuatro segundos. Es resentido quién sonríe en una trinchera de Malvinas porque recuerda los paisajes pampeños de su pueblo. Es resentido quién arruina su día por oler un perfume de personas que quisiera olvidar. Es resentido quién vuelve con un/a ex por recordar todo lo bueno compartido. Es resentido quién no perdona a su pareja por recordar todo lo malo compartido. Es resentido quién odia a una raza y a su cultura porque no le gustó el olor característico de esta. Es resentido quien juzga a todos los hombres y mujeres por un hombre o mujer puntual, bueno o malo. Es resentido quién no llegó a leer esta oración por recordar bostezos anteriores al leer notas mías. Etcétera.
El problema fundamental del resentimiento es la evasión del presente que este trae. Si estamos en aquella emoción que nos resintió, no estamos aquí y ahora. Disfrutando, escuchando, jugando. Pero tampoco estamos aquí y ahora sufriendo, hablando, aburriéndonos. Ese es el segundo problema del resentimiento, que parece ser una ventaja -pero no lo es. Sirve para evitar presentes malos, como en el ejemplo de Malvinas. Olvida, sin embargo, que siempre que llovió paró, y que lo que no te mata, te fortalece. Salimos ilesos del presente malo, pero tampoco aprendemos de él la valiosa lección de que la vida puede y va a ser dura inevitablemente, lección que bien aprendida tal vez sirva al enfrentar el también inevitable fin de nuestra existencia actual, cuando ocurra.
Otro problema del resentimiento es que tiende a querer seguir existiendo. Me explico: estar en dos lados a la vez es increíblemente traumático para nuestra mente, por lo que trata de unificarse. El soldado de Malvinas luchará por volver (en pensamiento y emoción) a su pampa natal, sede de toda felicidad y añoranza, y cancelará al viento de Malvinas, al hambre y al olor a pólvora. Y así es como mata a su pampa: pasada la guerra, cada vez que esté en ella, sentirá los cortes en la cara, los rugidos del estómago, el olor. Mata a su mente y a su corazón, que se ha acostumbrado a no estar aquí y ahora.
Y el aquí y ahora es el pasado que estamos construyendo, pasado sobre el que armamos nuestro presente y futuro. Si nos resentimos, mezclaremos todo, porque traeremos pasados que no queremos cuando no los queremos, porque así funciona esto. Y así es como, tarde o temprano, nos envenenamos los ojos con los que vemos al mundo.
Ese es el último y peor problema del resentimiento: su proyección. Ya no decimos, mi vida ha sido difícil, por culpa de la guerra de Malvinas. Decimos: la vida es toda difícil. Ya no decimos, mi mujer fue mala conmigo. Decimos: las mujeres son malas. Incluso, con esta idea como ejemplo, podemos derivar principios aparentemente buenos de una idea resentida, diciendo que solo los hombres son buenos… etcéteras a esto. Ya no decimos, este hijo truncó mi libertad. Decimos: todas deberían tener el derecho a terminar sus embarazos. Si las mujeres, los niños, los hombres, los ancianos sufren y hacen sufrir, ya no decimos, hay dolor en la vida. Decimos: la vida es una expresión de sufrimiento. Decimos: la vida no tiene sentido. Decimos: es un deber terminar con la Vida. Budismo, el Guasón, los tiroteos escolares, el norcoreano jugando con botones, campos de exterminio. Todos ellos fueron gente común, que se fue resintiendo, poco a poco.
Todo porque rondamos una y otra vez alrededor de una emoción, sea buena o mala, no importa. Pero no nos confundamos. La emoción es necesaria, somos seres emocionales. Pero el control sobre ellas es esencial. Para que no pensemos con el pito, sino con la cabeza, siempre que se pueda.