¿Dónde estaremos dentro de cincuenta años? La pregunta es irrelevante si se la piensa desde uno mismo: adaptados o muertos. Otra cosa ocurre si se la piensa desde la humanidad entera.
Se sabe que el futuro de la humanidad depende de quién gane varias carreras contrarreloj que están planteadas desde que somos, y que consisten en la velocidad del desarrollo de nuestra capacidad tecnológica contra las distintas fuerzas de la naturaleza que atentan contra nuestra existencia. Y una de esas fuerzas somos nosotros mismos.
La actitud ante el futuro que se nos viene, entonces, puede ser de optimismo o de miedo.
En el siglo 19 probamos con el optimismo. El proceso culminó con dos claras muestras del degeneramiento de la competencia y el amor por lo propio que fueron las guerras mundiales, aquel defecto del orden más inhumano que fueron los totalitarismos, aquella enfermedad del optimismo más insano que fueron los igualitarismos. El cohete que imaginó Verne llegando a la Luna antes se había probado para bombardear ciudades, y luego para transportar ojivas nucleares. El submarino de Nemo fue usado para hundir barcos comerciales. El avión y helicóptero de los árabes y Leonardo, para búsqueda y destrucción. Las colonias que buscaban ser paraíso terrenal sirvieron de modelo para cárceles y campos de concetración. La ansiosa espera del Mesías encontró la llegada de Hitler y Stalin.
Hoy, cuando parece que repetimos la entrada al nuevo siglo casi como un reflejo, la actitud ante el futuro es de miedo. Hemos leído a Huxley y a Orwell. Vimos Terminator y Matrix. Aún viven las generaciones que temían al holocausto nuclear, y ahora tememos al terrorismo. La posmodernidad ha dejado su huella: sabemos de qué somos capaces. La historia habla por sí sola.
Existen indicios de que los avances por llegar serán de una relevancia tan grande, que solamente sería superada por el momento en que empezamos a distinguirnos de los animales. Se vienen el fin de la muerte, las memorias colectivas, la inteligencia artificial, el fin de la pobreza, la exploración y colonización del espacio remoto.
El miedo, como es lógico, es enorme. Indicios no faltan: hay quien piensa en formas ruines de controlar natalidad por futura falta de recursos. Hay quienes buscan una ventaja militar. Hay quienes buscan sacar ventaja para dominar a otros. Hay quienes desean vorazmente la información disponible para sacarle provecho.
Hemos pasado por mucho, pero aquí estamos: adaptados o muertos. La historia no miente al respecto: son muchas las sombras y muchas las luces.
Por eso, me limito a la curiosidad, y a trabajar por satisfacerla.
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