sábado, 7 de abril de 2018

No todo pasa

Hace varios siglos vivió un señor de nombre Heráclito. Era de una ciudad llamada Éfeso, así que lo llamaban Heráclito de Éfeso. Pero no en Éfeso: ahí era Heráclito, a secas, lo cual por alguna razón suena bastante menos solemne.
Este señor pasó a la historia por algo que les voy a contar al final. Primero, las cosas que no pasaron a la historia: se burlaba del poeta nacional de su tiempo, lo cual lo convertía en uno de esos rebeldes típicos de cada época, es decir aquellos que creen ser totalmente atípicos para la época. También se expresaba de una forma muy confusa, razón que podemos atribuir a una inteligencia superior, necesidad de desagradar, llamar la atención o pobre uso de lenguaje (o todas ellas). Lo cierto es que era bastante antisocial y solo lo querían los chicos, con quienes se relacionaba casi exclusivamente. Se murió cuando quiso curar una enfermedad relativamente inofensiva con un remedio casero, que consistía sumergirse en estiércol.
Este hombre -ahora sí- pasó a la historia por decir que todo pasa, que todo cambia; esto es lo mismo que decir: nada absoluto existe. La metáfora que usaba para decirlo era que nadie se baña dos veces en el mismo río: el río cambia todo el tiempo, uno cambia todo el tiempo.
Pocos saben que este campeón del cambio, la relatividad de todo y, en consecuencia, el escepticismo y nihilismo, creía en algo que llamaba Logos, como opuesto a la Doxa. Doxa es la opinión del que asegura cosas basado en el cambio, en lo aparente. Logos es aquello que permanece detrás de todo cambio, lo único que es estable.
Sí, el campeón del cambio cree en algo que permanece. Esto es así porque era coherente con su pensamiento, y dejó que este lo lleve a sus necesarias consecuencias: un poquito loco y todo, Heráclito era valiente y honesto, al menos intelectualmente.
También esto es así porque el único filósofo realmente relativista, escéptico y nihilista es el filósofo que no habla, ni escribe, ni nada.
Y lo mismo aplica para vivir esta vida. Las cosas que uno hace significan algo. No saberlo, o no entenderlo del todo, no cambia ese hecho... el Logos lo entiende, el Logos lo sabe, porque este sentido es el Logos.

lunes, 2 de abril de 2018

Hospitalidad


Le dolían los pies, le dolían las rodillas. No sentía la espalda o la cintura, le pesaba la cabeza y el cuello estaba agarrotado. Había caminado desde un lugar al cual no quería volver; caminaba hacia un lugar que no conocía más allá de la intuición.

El pueblo, de tan pequeño, mostraba el límite opuesto parado en uno de ellos. Ese día, el sol se ocultaba de vez en cuando entre las nubes altas y el viento frío venía a salvar su nuca cuando el calor del escondido era insoportable.

Las manos, hinchadas. Los labios, lastimados. No encontró a nadie en el caminar sin ruido por la avenida única de aquel pueblo olvidado por Dios. La boca, reseca, de poco le hubiera servido.

Vio un banco de piedra al costado de una reja. No supo cual cosa era más ridícula en un pueblo que parecía deshabitado, pero no se molestó en pensarlo. Se sentó en el banco y sus pies comenzaron a sentir de nuevo algo que no fuera dolor.

Debía pensar en su destino o en la motivación de escapar del lugar que había abandonado, pero estaba demasiado cansado.

Tenía la mente cansada, embrutecida, embotada. No podía pensar, y apenas escuchó el sonido de una puerta que se abría a sus espaldas.

Era un viejo el que salía por ella, y al lado suyo una niña.

Del viejo se adivinaba la edad por las arrugas incontables de la cara, pero por nada más. Su mirada era impasiblemente joven, su sonrisa era abrumadoramente infantil y sus manos tenían con un pulso implacable un vaso con agua.

La niña era de una belleza imposible. Los ojos lastimaban de frío al verlos, los cabellos desordenados quemaban las pupilas, y ambas cosas obligaban a apartar la mirada. La mañana de invierno que llevaba en sus brazos, en su cara y en sus piernas era apenas matizada por manchas de sol, aquí y allá. La niña no sonreía, ni hacía nada más que no fuera existir.

El caminante supo del amor que unía a estos dos, de lo prohibido del vínculo, de las infinitas colas de látigo que esperaban a ambos, en la muerte después de la muerte que ganaban por ello.

El viejo le alcanzó el vaso con agua, y él lo aceptó. Lo bebió de un largo sorbo y se levantó.

Se fue del pueblo sin mirar atrás.

domingo, 1 de abril de 2018

El deber de un olvido

Fue a la madrugada de un día de lluvia en que no precipitó. Estaba en aquel momento tan particular -justo antes de caer en el sueño- en que somos más lúcidos que nunca, cuando que tamaña lucidez también nos impacta y define.

Una vez más y con parsimonia, imaginé tu ser y tu cambio de una forma tan total como fue posible para alguien que te pudiera haber conocido. A pesar de esto, no te reconocí.

Quise refugiarme en el abrazo negro de los recuerdos que nos unían, en el dulce dolor de pensar algo que ya no será más. Pero ya no te reconocía, y el recuerdo había perdido todo valor, toda razón de ser y gracia.

El rito de entrada en el negro recuerdo ya estaba vacío de vos, así que lo deseché con no sin reverencial pavor: ¿dónde iré ahora cuando me encuentre sin inquietud, sin sosiego y sin espanto; sin trabajo y sin ocio?

Con tu olvido, lamento, ya estoy obligado a la felicidad de vivir.