domingo, 13 de mayo de 2018

Fe




-¿Dónde estás?- preguntó Felicitas a alguien en quién había creído, cuando el pecho de su primer hijo dejó de moverse.
Los legionarios -aquellos demasiado salvajes para servir, destinados al sólo propósito de verdugos y torturadores- continuaron restallando látigos sobre los otros hijos de Felicitas. Uno de ellos, que ya era irreconocible para la madre por causa de las heridas, cerró sus ojos para no volver a abrirlos.
Alguien quiso apartar el cuerpo, pero los legionarios no lo permitieron.
-¿Dónde estás?- se burló uno de ellos, y lo hizo en una lengua que estaba condenada a morir junto con sus hablantes, por los crímenes cometidos en nombre de Roma.

-

Algunas horas después, fue el turno de Felicitas. También condenada a muerte junto a sus siete hijos y por causa de su fe, ya no preguntaba nada. Unos minutos antes de morir, se le apareció un ser. Alguno diría que un ángel, otros que la parca, o algún demonio.
-¿A quién buscas?
-Al Espíritu.

El ser le contestó de un modo que lastimosamente podría traducirse en palabras.

-¿Acaso lo has visto alguna vez a este Espíritu? Pero crees.
-Pero creo.

Felicitas fue asesinada.

-Ven con el Espíritu; eres el Espíritu.