-¿Dónde
estás?- preguntó Felicitas a alguien en quién había creído,
cuando el pecho de su primer hijo dejó de moverse.
Los
legionarios -aquellos demasiado salvajes para servir, destinados al
sólo propósito de verdugos y torturadores- continuaron restallando
látigos sobre los otros hijos de Felicitas. Uno de ellos, que ya era
irreconocible para la madre por causa de las heridas, cerró sus ojos
para no volver a abrirlos.
Alguien
quiso apartar el cuerpo, pero los legionarios no lo permitieron.
-¿Dónde
estás?- se burló uno de ellos, y lo hizo en una lengua que estaba
condenada a morir junto con sus hablantes, por los crímenes
cometidos en nombre de Roma.
-
Algunas
horas después, fue el turno de Felicitas. También condenada a
muerte junto a sus siete hijos y por causa de su fe, ya no preguntaba
nada. Unos minutos antes de morir, se le apareció un ser. Alguno
diría que un ángel, otros que la parca, o algún demonio.
-¿A
quién buscas?
-Al
Espíritu.
El
ser le contestó de un modo que lastimosamente podría traducirse en
palabras.
-¿Acaso
lo has visto alguna vez a este Espíritu? Pero crees.
-Pero
creo.
Felicitas
fue asesinada.
-Ven
con el Espíritu; eres el Espíritu.