lunes, 2 de abril de 2018

Hospitalidad


Le dolían los pies, le dolían las rodillas. No sentía la espalda o la cintura, le pesaba la cabeza y el cuello estaba agarrotado. Había caminado desde un lugar al cual no quería volver; caminaba hacia un lugar que no conocía más allá de la intuición.

El pueblo, de tan pequeño, mostraba el límite opuesto parado en uno de ellos. Ese día, el sol se ocultaba de vez en cuando entre las nubes altas y el viento frío venía a salvar su nuca cuando el calor del escondido era insoportable.

Las manos, hinchadas. Los labios, lastimados. No encontró a nadie en el caminar sin ruido por la avenida única de aquel pueblo olvidado por Dios. La boca, reseca, de poco le hubiera servido.

Vio un banco de piedra al costado de una reja. No supo cual cosa era más ridícula en un pueblo que parecía deshabitado, pero no se molestó en pensarlo. Se sentó en el banco y sus pies comenzaron a sentir de nuevo algo que no fuera dolor.

Debía pensar en su destino o en la motivación de escapar del lugar que había abandonado, pero estaba demasiado cansado.

Tenía la mente cansada, embrutecida, embotada. No podía pensar, y apenas escuchó el sonido de una puerta que se abría a sus espaldas.

Era un viejo el que salía por ella, y al lado suyo una niña.

Del viejo se adivinaba la edad por las arrugas incontables de la cara, pero por nada más. Su mirada era impasiblemente joven, su sonrisa era abrumadoramente infantil y sus manos tenían con un pulso implacable un vaso con agua.

La niña era de una belleza imposible. Los ojos lastimaban de frío al verlos, los cabellos desordenados quemaban las pupilas, y ambas cosas obligaban a apartar la mirada. La mañana de invierno que llevaba en sus brazos, en su cara y en sus piernas era apenas matizada por manchas de sol, aquí y allá. La niña no sonreía, ni hacía nada más que no fuera existir.

El caminante supo del amor que unía a estos dos, de lo prohibido del vínculo, de las infinitas colas de látigo que esperaban a ambos, en la muerte después de la muerte que ganaban por ello.

El viejo le alcanzó el vaso con agua, y él lo aceptó. Lo bebió de un largo sorbo y se levantó.

Se fue del pueblo sin mirar atrás.

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