Le
dolían los pies, le dolían las rodillas. No sentía la espalda o la
cintura, le pesaba la cabeza y el cuello estaba agarrotado. Había
caminado desde un lugar al cual no quería volver; caminaba hacia un
lugar que no conocía más allá de la intuición.
El
pueblo, de tan pequeño, mostraba el límite opuesto parado en uno de
ellos. Ese día, el sol se ocultaba de vez en cuando entre las nubes
altas y el viento frío venía a salvar su nuca cuando el calor del
escondido era insoportable.
Las
manos, hinchadas. Los labios, lastimados. No encontró a nadie en el
caminar sin ruido por la avenida única de aquel pueblo olvidado por
Dios. La boca, reseca, de poco le hubiera servido.
Vio
un banco de piedra al costado de una reja. No supo cual cosa era más
ridícula en un pueblo que parecía deshabitado, pero no se molestó
en pensarlo. Se sentó en el banco y sus pies comenzaron a sentir de
nuevo algo que no fuera dolor.
Debía
pensar en su destino o en la motivación de escapar del lugar que
había abandonado, pero estaba demasiado cansado.
Tenía
la mente cansada, embrutecida, embotada. No podía pensar, y apenas
escuchó el sonido de una puerta que se abría a sus espaldas.
Era
un viejo el que salía por ella, y al lado suyo una niña.
Del
viejo se adivinaba la edad por las arrugas incontables de la cara,
pero por nada más. Su mirada era impasiblemente joven, su sonrisa
era abrumadoramente infantil y sus manos tenían con un pulso
implacable un vaso con agua.
La
niña era de una belleza imposible. Los ojos lastimaban de frío al
verlos, los cabellos desordenados quemaban las pupilas, y ambas cosas
obligaban a apartar la mirada. La mañana de invierno que llevaba en
sus brazos, en su cara y en sus piernas era apenas matizada por
manchas de sol, aquí y allá. La niña no sonreía, ni hacía nada
más que no fuera existir.
El
caminante supo del amor que unía a estos dos, de lo prohibido del
vínculo, de las infinitas colas de látigo que esperaban a ambos, en
la muerte después de la muerte que ganaban por ello.
El
viejo le alcanzó el vaso con agua, y él lo aceptó. Lo bebió de un
largo sorbo y se levantó.
Se
fue del pueblo sin mirar atrás.
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