viernes, 9 de noviembre de 2018

El inmortal

Aristón era de aquellos soldados de Alejandro que tenían nietos que no conocían, de vuelta en su hogar, en Macedonia. Había soportado junto a sus compañeros lo peor de Gaugamela, había presenciado cómo Parmenión (uno de los más fieles generales de Alejandro) juraba y perjuraba al cielo, escupiéndole palabras que sopesaban la misma furia del enemigo persa que destruía, implacable, a sus buenos hombres. Había visto a los elefantes de Poros arrasar con todo en la selva. Había visto al mismísimo Alejandro trepar por una escalera para alcanzar al enemigo sogdiano, ante el horror de los otros soldados y sus generales, que no podían hacer nada para proteger al joven líder de su propia temeridad.
Todos ellos habían sentido congelarse la sangre y saltar el corazón cuando el joven rey fue atravesado por el proyectil enemigo; habían gritado el júbilo y llorado la amargura cuando este se recuperara, tras la larga lucha contra la muerte que ocurrió luego.
Aristón había visitado lugares que había soñado visitar, luego otros de los que apenas había oído hablar, luego otros que no se suponían que existieran, y luego más allá.
Un día, Aristón escuchó que el joven rey -tan joven, pero con tanta vida vivida- quería regresar a casa; luego se enteró que el joven rey murió.
Aristón se vio frente a la idea tan anhelada de recibir su paga atrasada, de volver a su hogar, de volver a su familia, de tener un poco de paz y tranquilidad. Fue allí cuando se dio cuenta de que la aventura y la gloria habían terminado: Aristón sintió como el ojo de la historia dejaba de posarse sobre él, para ir a otra parte. Sintió como su vida pasaba a ser historia, conforme recuperaba el control de ella. Sintió como una parte muy importante de lo que él era moría con el sueño de Alejandro. Decidió, entonces, aferrarse a su espada y a su lanza de seis metros, a su escudo y a su armadura y casco. Sirvió veintiocho años más al mando de Ptolomeo (otro de los generales de Alejandro), defendiendo al reino de Egipto. Un día, la lanza de un enemigo sirio le atravesó el pulmón y el corazón, pero extrañamente Aristón no murió.
Los médicos no pudieron explicarlo: ya no se oían o sentían los golpes del noble músculo en el pecho del soldado, ni hinchaba el vientre para que la vida entrara a su cuerpo, pero Aristón seguía vivo. Más pronto que tarde, Aristón descubrió que no necesitaba comer o beber, aunque el hambre y la sed no se fueran; ni dormir, aunque la fatiga arreciara.
Con el sentido práctico que caracteriza a médicos y militares, Aristón fue colocado en primera fila, listo para entrar en combate antes que nadie, en la próxima batalla. Lejos de dar a su bando una ventaja, Aristón provocó miedo entre propios y ajenos, y terminó despertando una mañana para darse cuenta de que sus compañeros se habían ido sin él. Nunca supo que habían pensado en matarlo.
La fama del soldado no-muerto se extendió por toda la región y más allá. Ya nadie quería tomarlo en sus filas, ni siquiera los reyes más prácticos: no era la herida amplia que ostentaba en el pecho lo que espantaba a los hombres, sino el peso que se llevaba quién mirara al vacío de su mirada.
Alguien le dijo que en la India encontraría respuestas; los espantados monjes de la India le dijeron que encontraría respuestas donde se ocultaba el sol. Aristón pensó en volver con su familia: un simple cálculo le indicó que el último de sus nietos conocidos probablemente ya hubiera muerto o sería muy anciano. Decidió que ya no miraría al sol y a la luna para medir su tiempo. Sus siestas duraron la vida entera de un caballo, sus comidas fueron goces de doce inviernos, sus pensamientos duraron lo que tarda en volverse a ver un mismo cometa. Cuando Aristón quiso volver a amar, descubrió que aquello siempre duraba lo mismo -nada- en un mundo donde el único inmortal era él: concibió el proyecto de encontrar -mujer, hombre, niño, anciano, animal, planta, Dios, daba igual- a alguien como él, para poder amarlo para siempre.
Las pistas de alguien como él lo conducían siempre al soldado no-muerto, hacia su propia historia. Decidió que debía viajar más lejos, más allá. Cruzó el océano, primero en barco, luego a nado y, cuando notó la inutilidad del apuro, caminando por su lecho. Los sabios atlantes le dijeron que nadie -allí ni en ningún lado- había superado la muerte, y amenazaron con destruirle si no se iba.
Cuando encontró nueva tierra, la gente lo adoró como a un dios, pero nadie le indicó por otro que fuera como él. Ejerció la divinidad, primero con empeño y luego por costumbre. Decidió volver a su casa. Antes, profetizó su retorno a quienes lo adoraban.
De vuelta en su mundo, los romanos lo emplearon como auxiliar; Aristón se cuidó de parecer un hombre común frente a sus nuevos compañeros soldados. Sirvió en Siria por algún tiempo, y cuando ya se estaba hartando de vivir una vida que ya no era -no podía ser- la suya, volvió sin darse cuenta al lugar de la batalla donde lo habían lanceado.
Miraba el suelo, cuando una voz de fuego lo llamó por su nombre, que había olvidado hacía tanto tiempo. La voz de fuego le hablaba como si lo conociera, como si entendiera. La voz de fuego era de un hombre con ojos de fuego, con manos de fuego; era todo fuego, un fuego que todo lo puede confortar o destruir.
“Yo soy la verdad y el camino. Ven a mí”, confortó la voz de fuego.
Aristón fue. Nadie más supo de él.

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